#CrónicasdelCentro Presenta: Las historias negras del Centro de Mexicali
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#CrónicasdelCentro Presenta: Las historias negras del Centro de Mexicali
Foto: Saul D.Martinez
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MEXICALI, Baja California(GH)
Llegó poco antes del mediodía al Hotel 16 de Septiembre, sobre la calle Altamirano, en el Centro Histórico de Mexicali. Pidió una habitación y le dieron la número 4. Tomó sus cosas y se dirigió al cuarto, aunque su mente parecía haberse ido a otro lado.

Dos días después salió a explorar la zona. Algunos dicen que primero intentó asaltar a unas personas en el túnel de la Garita a Calexico y que unos policías lo siguieron al Bar Zirahuen para detenerlo. Otros dicen que simplemente llegó al lugar y comenzó a amenazar a la gente.

En cualquier caso, llegó con un cuchillo en mano. Dos agentes recién graduados de la Academia de Policía intentaron arrestarlo. Uno de ellos descubrió el arma y cuando intentó colocarle las esposas, el sospechoso lo neutralizó y le quitó el arma. Con su mismo revólver lo ejecutó.



El otro agente, conmocionado y asustado, salió del lugar y pidió ayuda. Uno a uno, comenzaron a retumbar los disparos del revólver Smith & Wesson .38 Especial, hasta que el tambor se quedó sin municiones. Apuntó el arma a la cabeza de otro parroquiano y jaló el gatillo para comprobarlo.

Un equipo de la Policía Municipal llegó al lugar. Las calles aledañas fueron cerradas. El sospechoso se había atrincherado. La versión oficial es que fue herido en el enfrentamiento y murió en el Hospital General, pero algunos creen que fue una ejecución extrajudicial.

Al interior del bar encontraron los cuerpos del policía, de tres parroquianos y de un empleado del bar. Tres mujeres se habían resguardado en el baño y cuatro hombres, entre ellos un bolero y un músico, hicieron lo mismo y lograron salvar su vida ese día.



A Antonio Ibarra González, de 27 años, lo habían deportado el día que llegó al hotel. Emigró a Estados Unidos el 5 de octubre de 1991, al condado Franklin, en el estado de Washington. El 6 de marzo, el Tribunal Superior del Condado lo acusó formalmente de asalto en segundo grado y con ello fue sometido a la deportación.

El 16 de diciembre de 1996 llegó a Mexicali, a través de la Puerta de Repatriación de Calexico. Dos días después, protagonizó uno de los episodios más oscuros del Centro Histórico de Mexicali.



Memorias vivas

Comenzó a llover poco antes de que entrara al bar Zirahuen. Unos viejos bohemios al final de la barra escuchaban Raphael en la rockola. Encorvados, bajo la tenue luz de la barra, algunos otros veían un juego de fútbol del América contra Pumas.

En el galerón de quince por seis metros había solo unas mesas ocupadas por gente embriagada con las baladas románticas para corazones dolidos y sin remedio. Unas cubetas recogían el agua de lluvia que había allanado el lugar y cada que la puerta se abría, el ruido de la lluvia competía contra la voz de Raphael.

Encontré a don Jesús intentando colocar unas luces navideñas coloridas alrededor de un cuadro de la virgen, en una pared que previamente había sido tapizada con papel lustre rojo. Iba y venía a la barra, donde encontraba descanso en un trago a su caguamón antes de volver a su labor.

En una de sus vueltas, comenzamos a platicar. Le conté que trabajaba en la historia trágica del Zirahuen, que está por cumplir 22 años. Fue cuando me confesó que fue reportero y comenzamos a platicar como un par de paisanos alegres que se topan en un país extranjero.



Cuando ocurrió el multihomicidio del Zirahuen, él trabajaba en un diario regional. Años después, pasó a formar parte de La Crónica. Bajo las cabezas de sus notas, estaba su nombre: Jesús Martínez Mondragón. Hoy tiene 63 años y trabaja en el local donde un día cubrió esa historia.

¿Cómo terminó ahí? Se ocuparía otra doble plana para contar su historia. La vida lo llevó de estudiar Economía en la UNAM, luego lo trajo a la frontera, se dedicó a reportear y los problemas familiares lo llevaron por rumbos distintos al oficio y a una vida de hogar.

Su testimonio, forma parte de esta reconstrucción de hechos y me lo compartió en el mismo sitio donde hace casi 22 años se vivió el terror, la incertidumbre, la frustración y el enfrentamiento que cobró seis vidas.

Recuento de daños

El lugar se llenó de judiciales corpulentos con bigotes de herradura, vestidos con chamarras y gorras negras con logotipos dorados que decían “PJE”. Caminan entre los cuerpos, toman fotos y comienzan a surgir los nombres de las víctimas.

El recuento de los daños comienza a surgir a cuentagotas. Daniel Verdín Martínez, de 46 años; José Arturo León López, de 55; Roberto Martínez Galván, de 46 y otro parroquiano sin identificar, con aspecto indigente, eran las víctimas. David Villagrana Álvarez, el cantinero, quedó lesionado.

En el centro del bar quedó el cuerpo del agente Manuel Darío Alfaro Carrillo, de 19 años. Tenía apenas tres semanas de haberse graduado de la Academia de Policía y su propia arma, con la que lo mataron, se la había prestado su abuela, pues ni siquiera le habían asignado una de cargo.

No era la única precariedad policiaca de momento, pues las esposas con las que iba a detener a su homicida, las había comprado él mismo un lunes antes y la lámpara con la que descubrió la navaja del sospechoso, la consiguió ese mismo día que fue asesinado.

Las balas de la .38 especial se las había regalado su padre un el domingo anterior. Fueron las mismas que acabaron con la vida de cinco personas ese trágico día, incluyendo al joven oficial. Hasta su hermana le había regalado un bíper.

El 22 de diciembre, en un acto luctuoso en la Plaza de los Tres Poderes, su familia y compañeros le dieron el último adiós.

Catrín con olor a muerte

Antonio Ibarra salió del hotel con un sombrero de copa alta y una gabardina ese día que ingresó al 395 de la avenida Altamirano, entre Lerdo y Juárez. Su muerte, de acuerdo a la versión oficial, es que ocurrió camino al Hospital General tras enfrentarse a los policías.

Algunas versiones apuntan a que fue detenido con vida y que en la camioneta en la que era trasladado, los “jefes” subieron al policía que corrió, para obligarlo a ejecutar al homicida. Pero finalmente, una versión del submundo policial de la ciudad.

Un día después de los homicidios, agentes de la Policía Judicial revisaron la habitación del autor de los homicidios. Ahí encontraron el permiso de residencia en Washington y corroboraron su identidad. También descubrieron el documento de deportación por sus antecedentes criminales.

Sus restos terminaron en una fosa común, tras pasar varios días en el anfiteatro del Servicio Médico Forense, sin que algún amigo, familiar o conocido, lo reclamara para darle sepultura.

En la oscuridad

Con la lluvia que no daba muestra de amainar, las goteras en el Zirahuen comienzan a activar el plan de emergencias del local para colocar cubetas por aquí y por allá. Don Jesús va y viene, interrumpe la plática para atender el goteo con un balde o una caja.



Un apagón dejó en la penumbra el bar, justo cuando me contaba que hay días que escuchan ruidos extraños y voces que salen del baño o del rincón del lugar. Las luces de emergencia se encendieron luego de unos segundos.

“Ves, por andar hablando de eso”, me dijo. Sin la música de Raphael ni la continua retahíla de expresiones de los comentaristas del fútbol, el sonido de la lluvia dominó también el lugar. En realidad, un apagón generalizado por la lluvia fue el que dejó a oscuras casi toda la manzana. Al menos, eso quiero creer.

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