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GABRIEL TRUJILLO MUÑOZ

La ciencia ficción como experiencia creativa
La ciencia ficción, lo mismo que la narrativa policiaca, se implanta muy bien en el espacio fronterizo. Es que la frontera es una zona franca, un territorio poroso por donde todo –ideas, personas, productos- se cuela sin dejar más rastro que las leyendas de su cruce, que la memoria colectiva de sus respectivos espejismos. Aquí todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo que parece permanente se disuelve en la fugacidad de lo intangible. Vivir la frontera, escribir de la frontera del cosmos desde la frontera misma, es aceptar que esta es una twilight zone, una dimensión desconocida, ese laberinto donde todo puede pasar, incluso la realidad más siniestra o resplandeciente. Y esa experiencia fronteriza se cuela entre las fisuras de los universos que sus autores hacen suyos, en los intersticios entre el presente, el pasado y el futuro que habitan sus protagonistas. Y aquí hay que recordar que los personajes de la ciencia ficción siempre están cruzando umbrales, buscando una salida, saltando hacia lo ignoto. Son gente que parece no romper un plato aunque en realidad se empeñan en trastocar el cosmos por un prurito de saber, por una necesidad de recuperar lo suyo, por una adicción que no se satisface nunca.
La narrativa de ciencia ficción va creando una atmósfera propia, detallada, sinuosa, que basa su impacto en que te induce a entrar en un orbe extraño pero no demasiado extraño, en una comarca conocida pero en la que pronto descubres que nada es lo que parece. La capacidad de conjurar otros mundos con vidas similares a la nuestra nos permite disfrutar historias con tintes de vivacidad, delicadeza y locura a dosis iguales. Orbes que son tan extraños como tú mismo. Aunque lo neguemos, siempre hay algo de escapismo en la ciencia ficción: una realidad alterna donde uno puede respirar a sus anchas, vivir sin las restricciones de su tiempo, rechazando las normas establecidas, los dogmas imperantes.
“Algunos autores llenan una novela de escenarios y terminologías futuristas y luego estruendosa, incluso estentóreamente, niegan que es ciencia ficción. No, no, ellos no escriben ese sucio género, nunca lo tocan. Ellos escriben literatura. Pero las creaciones y tropos de este género, que dicen les es tan familiar, los usan tan burda, tan torpemente que se les nota que ignoran el significado de los términos que incluyen y por ello lo único que hacen es reinventar la rueda mientras se dan auto elogios, sin percatarse de que sus esfuerzos fracasan por intentar probar que se puede escribir una novela futurista sin
aprender antes cómo hacerla.” Esta cita de Ursula K. Le Guin está tomada de su libro de ensayos y reseñas, Words are my Matther (2016), y si quitamos lo de novela futurista y ponemos cualquier otro género, como novela policiaca o narrativa fronteriza, tendremos el mismo resultado descrito con tanta ironía por Le Guin: que para muchos escritores los géneros sólo son el botín que toman para sí, sin darse cuenta que sus obras delatan su falta de conocimientos acerca de lo que en ellos se escribe hoy en día. Copian, en todo caso, el cliché, el estereotipo, y no se meten de lleno en narrativas que tienen su propia historia, sus territorios creativos, sus desafíos técnicos o conceptuales. Que en la literatura, como ella misma lo afirma, caben todas las novelas, todos los géneros. Que narrar es no sólo contar historias sino pedirles a nosotros, los lectores, que tomemos postura ante los dilemas que la ficción nos proporciona, que debatamos lo imaginario como parte de lo real. Que escribir es confiar en el público, en nuestra capacidad de extrapolar mundos lejanos y tiempos futuros y así volverlos parte de nuestras vidas, de nuestras discusiones públicas y nuestras experiencias diarias.
La ciencia ficción como una situación social que entre todos debemos dilucidar, comprender, solucionar. La lección esencial de las obras de ciencia ficción es no desesperarse, es aceptar lo prodigioso, lo irreal, lo raro como parte de tu vida, como una verdad que merece vivirse aunque sea imposible, como una realidad que merece compartirse aunque nadie te la crea. Es apostar por el futuro porque el presente ha devenido, por más comodidades que te ofrezca, en un punto muerto, en una cárcel desde donde intercambias mensajes, en una celda desde donde haces amigos a granel. Un limbo del que nadie escapa. Un mercado donde todos somos la mercancía en el aparador, el producto en la pantalla.



* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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