COLUMNAS
MAR DE FONDO
La corrupción de los gobernadores

El tema de la corrupción de los gobernadores en México se ha puesto de moda no sólo por la reciente detención del ex gobernador de Veracruz en Guatemala, que encabeza quizás la lista de los más corruptos, sino también porque representa uno de los fenómenos más lacerantes del sistema político mexicano. Duarte es sólo la punta del iceberg de un problema al que apenas nos estamos asomando horrorizados.

La mayoría de los gobernadores o ex gobernadores que hoy son acusados por diversos delitos, principalmente de enriquecimiento ilícito, peculado, desvío de recursos, por quebranto al erario público y hasta por crimen organizado, entre otros, empezaron su gestión un poco después de la alternancia presidencial del 2000, con excepción de Mario Villanueva y Tomás Yarrington, que iniciaron en 1999.

De entre los 15 o 20 gobernadores sobre los que pesan diversas acusaciones de corrupción, casi todos ellos pertenecen al periodo de la alternancia. La inmensa mayoría son del PRI, aunque hay algunos del PAN como Guillermo Padrés (Sonora), Marcelo de los Santos (SLP), Luis Armando Reynoso (Aguascalientes) y Emilio González (Jalisco). Del PRD están Juan Sabines (Chiapas) y Ángel Aguirre (Guerrero).

La alternancia en la presidencia en el 2000 produjo un fenómeno que no tiene nada que ver con un cambio democrático, sino más bien con un reacomodo de las fuerzas políticas y con una distribución distinta del poder. Al perder la presidencia, que era su centro gravitacional, el PRI se refugió en las entidades federativas en las que sus gobernadores adquirieron mayor poder. Surgieron los “virreyes”, como alguien ha apuntado por ahí, o los nuevos señores feudales.

En medio de una presidencia sin orden y sin proyecto gubernamental, como fue la de Fox y después la de Calderón, los gobernadores fueron haciendo de sus estados un coto de poder literalmente, con enormes recursos que manaban desde la federación en una coyuntura especial, que luego se gastaron sin vigilancia alguna, sin control, sin que nadie los obligara a rendir cuentas.

Los presidentes panistas alentaron en parte este fenómeno, pues tanto Fox como Calderón hicieron alianzas con sectores o personajes del priismo (en algunos casos con lo peor del priismo), para poder sostenerse y navegar en las tempestades generadas por su mal gobierno. Es decir, no sólo no alentaron un cambio de régimen, sino que en gran medida contribuyeron a sostener el antiguo.

La corrupción de los nuevos virreyes vino de este enorme vacío en que se dio esta “transición”, con una presidencia debilitada y un reacomodo de fuerzas políticas en donde los estados cobraban mayor relevancia. El priismo se atrincheró con todas sus fuerzas en estados clave como son el Estado de México, Veracruz, Michoacán, Coahuila, chihuahua, etc., mientras pasaba el temporal y se asimilaba la derrota.

Al mismo tiempo que esto pasaba, los gobiernos del PAN que eran producto de la alternancia, mantuvieron las mismas prácticas y la misma lógica política y de control que sus antecesores priistas. Los congresos siguieron en manos del gobernador, lo mismo que el poder Judicial, el control o la manipulación de los medios y el silenciamiento de las voces críticas de la sociedad civil.

Un campo propicio para la impunidad y la opacidad, para no rendir cuentas a nadie, para repartir el dinero entre los partidos de la “oposición”, para doblegar diputados y construir otra imagen de los gobernadores, mientras se creaba una narrativa de la alternancia y la “transición a la democracia”.

Sin embargo, la corrupción que están saliendo a la luz pública no de ahora sino desde hace tiempo, nos indica que la alternancia en los estados y en la presidencia del país no ha generado un cambio en las prácticas de la clase política, sino más bien una nueva forma de distribución del poder y una nueva forma de apropiación del erario público.

Transitamos de un sistema de partido casi único a una “pluralidad” en la que el presidente, los gobernadores y el poder legislativo actúan y deciden sin contrapesos. No hay una fuerza que no esté en el circuito de la corrupción en este nuevo entramado. Todos los partidos y los políticos dependen del presupuesto y hoy el barco se está hundiendo con todos ellos, o con casi todos.

No será fácil salir de aquí por un largo tiempo.

* El autor es analista político.

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