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EN ALGÚN LUGAR
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Etiqueta no rigurosa

“El furor de la intolerancia es el más loco y peligroso de los vicios, porque se disfraza con la apariencia de la virtud.”

Robert Southey

En algún lugar rezagado, en la hostilidad de las antípodas se confrontan dos visiones excluyentes y repelentes; la lucha es atroz en las coordenadas del prejuicio porque los vestigios ruinosos de la intolerancia proclaman la pureza de un dogma tergiversado y desnaturalizado…

Los grandes cambios en la historia suelen ser la secuela de la tensión entre los extremos opuestos, exacerbados por la convicción que los impulsa, y no hay un solo episodio en que las inercias no hayan resistido ferozmente el ímpetu vanguardista del pensamiento. Tal vez, la resistencia al cambio refleja una ineptitud añeja para la empatía; quizás, la soberbia implícita en la intolerancia es la evidencia contundente de la soberbia que impide la aceptación del error. Sea como fuere, el radicalismo religioso enardecía a las mentes estrechas y a los corazones fríos bajo el auspicio de un dogma inclemente y ajeno a la consigna de amor y compasión que debería unirnos y no polarizarnos.

La tergiversación del evangelio predominó en la institución del catolicismo hasta la llegada del Papa Francisco que pregona la humildad y la misericordia, que condena la falsa autoridad con que se juzga a quienes son diferentes para recuperar el significado auténtico del cristianismo. Desafortunadamente, el apego a los decretos incuestionables atrofió el músculo emocional que considera a los ajenos sin emitir juicios, ni condenas. Es por eso que pululan en el mundo especímenes retrógrados, que agazapados bajo un mandato obsoleto permanecieron inmóviles porque son incapaces de evolucionar. Ese lumpen de obsoletos deambula en las esferas del poder con el vano afán de imponer la intolerancia en los albores de una época impregnada por la diversidad, por el color de las minorías y las voces disidentes que exigen dignidad y respeto a las diferencias. Esas antípodas se confrontaron en Mexicali, Baja California, en un episodio vergonzoso cuando las autoridades municipales se obstinaron en impedir la realización del enlace civil de Víctor Aguirre y Fernando Urías. Las artimañas burocráticas llevaron a Mexicali al fangoso territorio del sinarquismo de un Estado confesional pero de doble moral, ubicándola entre las ciudades más retrógradas del orbe.

Las peripecias del enlace se registraron en el documental “Etiqueta no rigurosa”, dirigido por Cristina Herrera Bórquez, que se estrenó este viernes en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y que se exhibirá en la gira #Ambulante2017. Por obvias razones, es muy probable que el documental jamás se exhiba en las salas de cine ni en los espacios públicos de Mexicali, como un claro ejemplo de la más vulgar de las censuras.

El objetivo del documental es abrir la mente y los corazones para erradicar la intolerancia, ese vicio disfrazado de virtud que nos predispone a juzgar sin atribuciones y a condenar sin fundamento. Es imperativo extirpar esos vicios. Sólo así podremos avanzar hacia un futuro sin estigmas ni etiquetas, hacia una época en que la búsqueda de la justicia y la felicidad sea el único dogma que nos hermane, hacia un mundo inmune a los vestigios ruinosos de la intolerancia que aún proclaman la pureza de un dogma tergiversado y desnaturalizado…

*La autora es Lic. en Contaduría por la UNAM. Con Maestría en Estudios

Humanísticos, Especializada en Literatura en el Itesm.

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