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COLUMNA HUÉSPED
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Socavón

No es el primer socavón que cobra vidas y –ojalá no- tampoco será el último. Se trata, obviamente, del socavón del Paso Express de Cuernavaca que el pasado miércoles quedó de manifiesto al ocasionar el desplome de un automóvil cobrando la vida a sus dos ocupantes, padre e hijo. Los detalles te son ya bien conocidos. Ciertamente lo más relevante es la tragedia humana pero, a más de ésta, millones de mexicanos están atentos a las implicaciones legales y sobretodo políticas. Tristemente, el suceso se convierte en un pastel del que cada quien quiere su rebanada. En un instante surgieron las acusaciones recíprocas y los deslindes de responsabilidades. Desde el Presidente de la República hasta el más común de los ciudadanos, pasando por el titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y demás funcionarios, todos manifestamos nuestra visión del desafortunado accidente; algunos señalan culpables y exigen sus renuncias, otros ya los ven tras las rejas. Todavía no se determinan bien los detalles técnicos ni las implicaciones legales pero no pocos dejan entrever la intención de salpicar por acá o por allá para beneficio propio. Es verdad que en los últimos años nos hemos manifestado como una sociedad de litigio en la que las culpas parecen ocupar la primera preocupación tras cualquier infeliz suceso y cada vez somos más una sociedad guiada como dócil rebaño por los medios. Lo que sigue del citado socavón, una vez ya dada cristiana sepultura a los dos ciudadanos en él fallecidos, es una cadena de estrategias para culpar a quien convenga, defender lo indefendible y lucrar con algo que involucra tanto a la geología, la meteorología, la ingeniería civil, las leyes, la justicia (y la injusticia), la “opinología”, el drama social y el teatro político. El momento no podría ser mejor: Se avecina el epílogo de un sexenio, se enlistan y se alistan los candidatos, decenas de miles de mexicanos buscan mejor chamba a partir del 2018, los medios tradicionales buscan cómo recuperar aunque sea una cucharadita de lo que tanto les han robado las redes sociales digitales y el pueblo ya no se conforma con pan y circo pues hoy disfruta mucho más la fruición de la tragedia y el melodrama. A fines de Mayo pasado más de un millón de toneladas de tierra y roca cayeron sobre la carretera escénica costera de Big Sur, en California, poco antes orgullo de la ingeniería civil norteamericana y a partir de entonces evidencia de que la naturaleza nos tiene reservadas sorpresas no tanto por falta de imaginación sino, de alguna manera, por la relativa y justificable impericia de los proyectistas y constructores que dejaron pasar un detalle entre mil, y que si bien milagrosamente no cobró vidas, costó más de mil millones de dólares: Pero allá la sociedad no hizo melodrama del hecho sino que más bien aprovechó la experiencia y la lección para adecuar mejor los estándares y protocolos para futuras obras civiles. Y por los noventas una serie de puentes caídos y carreteras destrozadas también en la carretera costera de California por copiosas lluvias, esa vez sí con tragedias humanas, pero más que optar por un interminable drama allá prefirieron aprovechar la experiencia por los técnicos y administradores. Habrá más socavones; el cómo y por qué se forman encuéntralo en las explicaciones de ingenieros civiles, geólogos y geofísicos de la UNAM publicadas en El Financiero digital de antier: Son revelaciones técnicas de fuente confiable y sin conflicto de interés y que, a mí como seguramente a muchos otros, nos mueven más a esperar los dictámenes independientes de peritos calificados y ya entonces se verá si habrá tela que cortar para el melodrama mediático y político.

jesus.canale@gmail.com

El autor es médico cardiólogo por la UNAM y tiene Maestría en Bioética.

ACLARACIÓN: Por causas ajenas a esta Casa Editorial la columna "Rehilete", que escribe el periodista y analista político Jorge Zepeda Patterson, no sale publicada en la edición de hoy.

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